Wednesday, November 20, 2013

Vueltas de sol y de tierra




En mi mano agarro firmemente un girasol. Uno sólo de tantos. Me aferro a él, cómo me aferro a la vida, como me aferro a tí. Girasoles risueños se han ido convirtiendo en tí y ahora están por perderse.
¿Recuerdas cómo era el huerto en invierno, antes de que los plantásemos? Eras muy pequeña todavía, pero debes recordar cómo nos partíamos el lomo esos comienzos de primavera para arar la tierra y hacer la siembra. Sí, tú también acabaste con manos callosas y tu abuela te hizo desfilar rectamente ante ella y estirar las palmas, las observó con ojo clínico y quedó satisfecha.  "Los girasoles son fáciles de cuidar, pero no por ello dan menos trabajo." Y ¡cómo disfrutaste de ese trabajo! Entrabas corriendo en ese amarillo y sol de tu abuela y te escondías como una ratona, creyendo fírmemente que no te veíamos, que te convertías en una más de ese ejército jubiloso al sol.
Más adelante, cuando murío tu abuela, te aterraba olvidarla, olvidar el cobijo seguro de su palabra grande y sabia, su tacto robusto a tierra que borraba todo mal y su “solrisa”, cómo le solíais decir. Por eso, te los hiciste tatuar, los girasoles, unos cuantos en tu pie derecho, para que te guíen por el camino y otros pocos en el hombro, para que te cubran las espaldas. No hubo modo alguno de impedirlo. A partir de allí, los convertiste en tu escudo de armas. No importaba que no te admitiesen en la carrera que quisiste, que Daniel te dejara por otra, que Tania, tu confidente y compañera de contiendas, se mudara al otro lado del mundo. Tú te dabas dos días de lluvia y tres de sol, y regresabas a la batalla con llagas y bruces, pero sin resquebrajos asfixiantes.
Para mí, tu tenaz alegría, muchas veces ha sido el sol y el norte, pero en muchas otras ha sido un misterio de magia negra moscovita, un halo de fría duda. Me preguntaba si se trataba de un tipo de frivolidad o nihilismo. Mi hija, ¿en qué tierra caminas que luces de gala en mañanas nubladas, que portas las cicatrices como condecoraciones?
Y ahora, aferrándome al tallo grueso, me sumerjo en este sol de tierra y vida que hace girar mi consciencia. Espiral amarillo que se abre ante mi y me lleva a labrar camino en hora roja.
“Dorothy, puedes ser todos o nadie en esta vida. Sales a la calle y allí te ves multiplicada por cientos, todas las opciones y decisiones que puedas elegir. ¿Cuál es la versión que quieres experimentar hoy?" te preguntaba tu abuela, y tú te ponías tu vestido amarillo y turquesa y un rayo de sol en la cara y salías a brincar al jardín, a batallarte con las flores.
Hoy, se acabaron los brincos para mi. Me abrazo al gran girasol que me dejaste al despedirnos, esa flor grande y robusta que arrebaté del jarrón de barro quemado. Me lo entregaste con un guiño, diciendo que me haga compañía. Y ahora me aferro a él, en temor de que te pierdas en ese vacío que es la soledad, esperando que entiendas este último mensaje, esperando que hoy cómo antes, el girasol sea tu faro, tu norte y tu andén.

Tuesday, November 19, 2013

A puertas cerradas



Christiano Betta http://www.flickr.com/photos/cristiano_betta/366892415/
          
            Ey, ¿quién eres tú? Te pareces a Gerard Butler, con esos ojos claros, la tez morena y paseándote así, como recio espartano. ¿Que haces aquí plantado, como un arbolito? ¿No te abren la puerta?
            A propósito no saco la llave del bolso mientras avanzo hacia mi portería. Esa clase de chicos no son para mí, pero me gustan las volteretas mentales, jugar con la idea de que podrían serlo.
            — Hola
            empiezo a escarbar en el bolso. Él me mira y me contesta con un asentimiento cordial de cabeza. Sigo buscando en el bolso, no lo puedo evitar, las llaves no aparecen. Me encuentro entre él y el timbre. Cuando estoy en medio, estoy en medio, y lo sé; doy un paso atrás. Él pica otra vez, yo sigo con la llave. Algo hace clic clic en el interfono, pero nadie habla. ¡Aquí está la llave! Abro, le miro, pero él sacude la cabeza. Mientras la puerta se cierra detrás de mí escucho como vuelve a darle al timbre.
             
            Tres semanas más tarde no funciona el ascensor y gracias a que vivo en el último piso, me toca una escalada de los siete plantas con las compras. En la sexta, me lo encuentro de nuevo, delante de una puerta. No sé quién es más patético, él pasándose la vida de eterno exterrado o yo bufando como un toro con mis compras a cuestas. Nos saludamos con una mueca.

            Desde entonces me lo encuentro de vez en cuando del brazo de mi vecina o al salir del metro. Una vez me topo con él delante del Fotofix del Alcampo. Me estoy limpiando tachones de boli que tengo en la cara frente al espejo exterior de la máquina, cuando de repente él sale de la cabina. ¡Vaya sorpresa! No sé si me reconoce, su "hola" queda en asentimiento de cabeza. Lo que sigue es el famoso y siempre bochornoso baile del izquierda-derecha-izquierda, porque yo, ¡sí señor!, siempre estoy en posición estratégica entre él y su objetivo, esta vez: sus fotos. Me quedo clavada, sin casi respirar y con los ojos cerrados. Ahora puede deslizar su brazo músculoso y sacar sus fotos del dispensador. Huele a sándalo. Siento como si se detuviese un segundo, casi siento el calor de su rostro junto al mío, pero cuando abro los ojos ya no está.

            Me lo encuentro cogido de la mano como un tortolito el día de San Valentín; lo descubro en el parque, haciendo malabares imposibles para subir por el tronco de una palmera, a punto de partirse la crisma para recuperar la bendita gata de su novia; lo veo una y otra vez en el Caprabo, siempre enfrascado con la misma cajera, que le demora en cobrarle los productos mientras le cuenta los últimos chismes del barrio, pone cara de gato al que le van a dar un baño. Un día le encuentro queriendo ayudar a una anciana a cruzar la calle, pero ella indudablemente piensa que se trata de un atraco y le da duro y duro con el bolso, me río tan fuerte que de repente se gira hacia mí y me ve. Yo me sonrojo, sonrió indefensa y quito de allí.

Hoy es domingo, la juerga de anoche estuvo genial pero mi cabeza está que estalla. Tengo que ponerme a hacer trabajos, dejar ya la cama. Pongo agua para café. En pijama, bata y zapatillas decido aventurarme hasta la entrada a recoger el periódico semanal. Bajo en ascensor, abro la puerta de la calle y me estiro para pescar el periódico de mi buzón. Regreso al ascensor, hoy no estoy para escaleritas. Cuando estoy delante de la puerta me doy cuenta de que no puedo abrirla. Me he dejado la llave colgada por dentro. ¡Bravo Einstein! A ver como doblas el espacio/tiempo para teletransportarte al interior... Si al menos mi obsesión compulsiva por estar comunicada me hubiera obligado a bajar con el móvil... Pero no, precisamente hoy, a mi obsesión n° 134 le apetecía quedarse remoloneando en la cama.
Pongo el periódico sobre el primer escalón de las escaleras y me siento encima a pensar, a ver qué se me ocurre. Hundo la cara en las manos. ¿Qué voy a haceeeer?
De repente escucho un ruido, algo se ha movido en el piso de abajo. Miro a través de mis dedos y le veo: Gerard Butler 2. ¡¿Qué haces aquí?! La sangre se me dispara a la cabeza. Estoy con el pijama que mi tía me regaló hace 4 años, el azulito de franela, con dibujos de conejitos, completamente descolorido...  Por si fuera poco, la bata va a juego, con zanahorías rimbombántes y medio cuello descocido. Wuuuaaaahhhh, ¡trágame tierra! ¡por favor! ... ¡Ahora! ¡Ahora!
No quiero quitar mis manos de mi cara, pero sé que él sabe que le he visto. Siento que me está mirando. ¿Por qué yo?¿A qué viene tanto desbalance con mi karma? Si fui buena chica ayer.
Pero el destino no acepta protestas, reclamaciones ni devoluciones, así que no me queda otra que tragar saliva, bajar las manos y disimular con la sonrisa más inocente y angelical de la que soy capaz en un momento así. ¡Y vaya si soy capaz!
Dejo de sonreir para que angelical e inocente no se conviertan en boba e insegura.
            ― ¿Y tú qué haces otra vez esperando delante de la puerta?
Él esboza una sonrisa triste. Me levanto, me acomodo la bata y bajo los escalones. Gerard 2 está sentado en el descansillo. Recién al acercarme veo que va acompañado de un cartón lleno de cosas. No me atrevo a fisgonear de verdad, pero con el rabillo del ojo alcanzo a ver que hay un enorme conejo de peluche. ¿Ves?¡Hacemos pareja! ¡Está claro!... Pero recién caigo en la cuenta de lo que significa la caja.
― Oh, lo siento, ¿son tus cosas?
― Pues sí, ...
― Ya veo. ... Lo siento.                                                       
Sacude los hombros,
― ... ya se veía venir...
Pone una cara de pobretón que me dan ganas de coger sus mejillas entre mis manos y decirle que todo irá bien, que al final siempre todo va bien. Aunque esta frase sea una holliwotada del copón y los finales sean inexistentes.
― Vamos, te invito a un café...  ¡eh!  .,   .,   .,
Me mira raro. No sé qué cara estaré poniendo, pero seguro que se asemeja a un grave accidente de tráfico. La llave, el café, el fuego, el café, el fuego, el fuego.
― ¡Mierda!
― ¿¿Qué??
― ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
― ¿¿Qué?? ¿¿Qué?? ¿¿Qué??
Gerard 2 me confunde. ¿En qué momento hemos cogido tanta confianza que me pueda tomar el pelo?...  Da igual, déjalo, ¡concéntrate! ¡Mierda! Me giro hacia la pared, intento reordenar mis ideas. Estoy sin llave, sin teléfono, sin dinero y con media taza de agua esfumándose como un fantasma sobre la vitro. Ya veo el edificio con corona de fuego. Empiezo a darme golpes contra la pared. Tonta, tonta, tonta.
― Eh, tía, ¿qué te pasa?
Se ha levantado y está a mi costado, con cara de haber visto un gremlin gigante en tutú de bailarina.
No sé si reir o llorar. Hago los dos.
― Eh, eh, pero bueno, ¡¿qué?!
­― Me he dejado las llaves dentro, y... ¿te acuerdas del café? ... Pues tengo poderes psíquicos y ya supe que te lo ibas a tomar conmigo, por eso ya lo puse a hervir antes de salir y cerrar la puerta. ¿Qué te parece eso?
Suelta una carcajada. Yo ya no entiendo nada. Me retuerzo hasta encogerme. Ya no puedo más.
De repente siento su mano sobre mi hombro.
― Vale, déjame a mi...
Saca su móvil y se hace cargo.

Después de esto no creo que, Gerard 2, que en verdad se llama Martín, tenga que esperar nunca más delante de la puerta de una novia suya. Me giña el ojo como si fuesemos a compartir todos y cada uno de nuestros best of de momentos más embarazosos de ahora en adelante. Y yo siento que me puedo perder en esos ojos grises llenos de chispitas almendradas y esa sonrisa pícara que borra todo mal y tiene sabor a nueces.
      
***
           

Monday, November 18, 2013

Hiedra (versión 1)


              
                       Así, sin casi conocerme
                        sin una palabra
                        como quien no quiere la cosa
                        sin más, sin más
                        me coge de la mano
                        me hace suya, me quita un escaño

            — Yo, ...
            me pierdo en mitad de mi frase.
                        ¿En qué estaba? ¿Por qué ya no lo sé?
        La mano
                        ¿La mano? ¿Qué mano? ¿Qué me está pasando?
        Que te está cojiendo la mano, ¡joder!
                                                                                             
                        ¡Uy!
            Se la arrancho.
            Me lo quedo mirando con reproche.
            — Pero, ¿qué estás haciendo? ¿¡Me estás vacilando!? — mi voz, una octava más alta.
            Él me mira.
                        ¿Acaso eran sus ojos tan redondos, redondos?
                        ¿Tan grandes y profundos, tan oscuros y perdidos?
           
                        ¡No!
                        ¡La que se está perdiendo soy yo!                       ¡Concéntrate!
            Cierro los ojos, respiro y me encuentro a mi misma.

        »ZÉN«

            — Perdona, sabes de sobras que no puede ser. Los años...

                        Los años, maltraños, hijos de paños
            se burlan sus ojos.
            Me agarra de la mano.
                        La mano, la mano
                        mimos de estaño
                        fuerte y suave
                        firme y delicado
                        me pierde, me pierdo
                        me desplomo por dentro
                                    Viertes tu tibio furor en mis venas
                                                                              robas
                                                                              matas
                                                                              envenenas
            — ¡Qué nó te he dicho! ¡Joderrr!
            Me voy. Me doy la vuelta
                        ¡Por diós! ¡¿Qué me está pasando?! ¡Si es un crío! ¡Joder! ¡Joder!           
                        Tibia luz en mi hombro
                        mi nuca se crispa
                        miel, hambre, canela
            — ¡Que no, que no, que te he dicho que no!
            Se me enlazan los dientes,
            se me borra la lengua,
            se me acerca la dulce pócima de hiedra.              


Friday, May 24, 2013

El grano de arroz



 Este cuento lo copie de "Cuentos para regalar a personas inteligentes" (p.81) de Enrique Mariscal. Las historias de este libro son o netamente de su propia pluma o inspiradas en la tradición oral, sin dar más especificaciones, les dejo con el cuento:

La vida nos pone, a veces, ante pruebas muy dolorosas. La visita de lo irreparable, o nos fortalece o nos quiebra.
Solamente la comprensión puede ofrecer un remanso de paz especialmente cuando uno ha sentido las raíces del sufrimiento.

Un padre no encontraba consuelo por la muerte de su hijo. Buscó ayuda por doquier, sin respuesta suficiente. Las palabras o los silencios le resultaban huecos,cuando no insultantes. La vida: un total absurdo.
Se acercó a Buda con reservas, desesperanzado, y le contó su drama. El maestro respondió con segura compasión:
-          “No te preocupes. Lo tuyo tiene inmediato alivio. Es muy sencillo: Debes conseguir que alguien te regale un grano de arroz. Nada más.”
-          “¿Un grano de arroz?”
-          “Nada más. Pero no aceptes ese pequeño regalo de una familia donde haya muerto alguien.”

El hombre salió pronto en su búsqueda obsesiva. Pidió por doquier con insistencia, sin tregua. Pero en todas las casa y en todos los casos alguien había muerto.
El grano de arroz adecuado quedaba siempre invalidado.
Fueron tantas las veces que escuchó la presencia de la muerte que en el océano del dolor universal encontrßo la paz de la comprensión.
La lágrima del dolor individual fue absorbida por el mar inagotable de la vida, en movimiento permanente. Las olas del dolor personal se realizaron en la mágica unidad del agua.
Fue un diamante de compasión recomendado por Buda. Abundante, cercano, eterno y simple como un grano de arroz.
Nada más.

Tuesday, May 14, 2013

Vasalisa la sabia

Este cuento lo he extrahido completamente del libro de Clarissa Pinkola Estés titulado “Mujeres que corren con los lobos”. Según la autora, este cuento es proveniente de Europa del Este: Rusia, los paises Bálticos, Rumanía y la zona que antes era Yugoslavia. En su libro Clarissa Pinkola explica que es un cuento de iniciación femenino que trata el tema del instinto.

Vasalisa la sabia

Había una vez y no había una vez una joven madre que yacía en su lecho de muerte con el rostro tan pálido como las blancas rosas de cera de la sacristía de la cercana iglesia. Su hijita y su marido permanecían sentados a los pies de la vieja cama de madera, rezando para que Dios la condujera sana y salva al otro mundo.
La madre moribunda llamó a Vasalisa y la niña se arrodilló al lado de ella con sus botas rojas y su delantalito blanco. 
—Toma esta muñeca, amor mío —dijo la madre en un susurro, sacando de la colcha de lana una muñequita que, como la propia Vasalisa, llevaba unas bo- tas rojas, un delantal blanco, una falda negra y un chaleco bordado con hilos de colores. 
—Presta atención a mis últimas palabras, querida —dijo la madre—. Si alguna vez te extraviaras o necesitaras ayuda, pregúntale a esta muñeca lo que tie- nes que hacer. Recibirás ayuda. Guarda siempre la muñeca. No le hables a nadie de ella. Dale de comer cuando esté hambrienta. Ésta es mi promesa de madre y mi bendición, querida hija. 
Dicho lo cual, el aliento de la madre se hundió en las profundidades de su cuerpo donde recogió su alma y, cuando salió a través de sus labios, la madre murió. 
La niña y su padre la lloraron durante mucho tiempo. Pero, como un campo cruelmente arado por la guerra, la vida del padre reverdeció una vez más en los surcos y éste se casó con una viuda que tenía dos hijas. Aunque la madrastra y sus hijas siempre hablaban con cortesía y sonreían como unas señoras, había en sus sonrisas una punta de sarcasmo que el padre de Vasalisa no percibía. 
Sin embargo, cuando las tres mujeres se quedaban solas con Vasalisa, la atormentaban, la obligaban a servirlas y la enviaban a cortar leña para que se le estropeara la preciosa piel. La odiaban porque poseía una dulzura que no parecía de este mundo. Y porque era muy guapa. Sus pechos brincaban mientras que los suyos menguaban a causa de su maldad. Vasalisa era servicial y jamás se queja- ba mientras que la madrastra y sus hermanastras se peleaban entre sí como las ratas entre los montones de basura por la noche. 
Un día la madrastra y las hermanastras ya no pudieron aguantar por más tiempo a Vasalisa. 
—Vamos... a... hacer que el fuego se apague y entonces enviaremos a Vasalisa al bosque para que vaya a ver a la bruja Baba Yagá* y le suplique fuego para nuestro hogar. Y, cuando llegue al lugar donde está Baba Yagá, la vieja bruja la matará y se la comerá. 
Todas batieron palmas y soltaron unos chillidos semejantes a los de los seres que habitan en las tinieblas. 
Así pues aquella tarde, cuando regresó de recoger leña, Vasalisa vio que toda la casa estaba a oscuras. Se preocupó y le preguntó a su madrastra:
—¿Qué ha ocurrido? ¿Con qué guisaremos? ¿Qué haremos para iluminar la oscuridad?
—Qué estúpida eres —le contestó la madrastra—. Está claro que no tene- mos fuego. Y yo no puedo salir al bosque porque soy vieja. Mis hijas tampoco pueden ir porque tienen miedo. Por consiguiente, tú eres la única que puede ir al bosque a ver a Baba Yagá y pedirle carbón para volver a encender la chimenea. 
—Muy bien pues, así lo haré —dijo inocentemente Vasalisa. Y se puso en camino. El bosque estaba cada vez más oscuro y las ramitas que crujían bajo sus pies la asustaban. Introdujo la mano en el profundo bolsillo de su delantal donde guardaba la muñeca que su madre moribunda le había entregado. Le dio unas palmadas a la muñeca que guardaba en el interior del bolsillo y se dijo:
—Es verdad, el simple hecho de tocar esta muñeca me tranquiliza. A cada encrucijada del camino, Vasalisa introducía la mano en el bolsillo y consultaba con la muñeca. 
—Dime, ¿tengo que ir a la derecha o a la izquierda? 
La muñeca le contestaba, "Sí", "No", "Por aquí" o "Por allá". Vasalisa le dio a la muñeca un poco de pan que llevaba y siguió el camino que parecía indicarle la muñeca. 
De repente, un hombre vestido de blanco pasó al galope por su lado montado en un caballo blanco e inmediatamente se hizo de día. Más adelante, pasó un hombre vestido de rojo montado en un caballo rojo y salió el sol. Vasalisa prosiguió su camino y, en el momento en que llegaba a la choza de Baba Yagá, pasó un jinete vestido de negro trotando a lomos de un caballo negro y entró en la cabaña de Baba Yagá. Enseguida se hizo de noche. La valla hecha con calaveras y huesos que rodeaba la choza empezó a brillar con un fuego interior, Iluminando todo el claro del bosque con su siniestra luz. 
La tal Baba Yagá era una criatura espantosa. Viajaba no en un carruaje o un coche sino en una caldera en forma de almirez que volaba sola. Ella impulsa ba el vehículo con un remo en forma de mano de almirez y se pasaba el rato ba- rriendo las huellas que dejaba a su paso con una escoba hecha con el cabello de una persona muerta mucho tiempo atrás. 
Y la caldera volaba por el cielo mientras el grasiento cabello de Baba Yagá revoloteaba a su espalda. Su larga barbilla curvada hacia arriba y su larga nariz curvada hacía abajo se juntaban en el centro. Tenía una minúscula perilla blanca y la piel cubierta de verrugas a causa de su trato con los sapos. Sus uñas orladas de negro eran muy gruesas, tenían caballetes como los tejados y estaban tan curvadas que no le permitían cerrar las manos en un puño. 
La casa de Baba Yagá era todavía más extraña. Se levantaba sobre unas enormes y escamosas patas de gallina de color amarillo, caminaba sola y a veces daba vueltas y más vueltas como un bailarín extasiado. Los goznes de las puertas y las ventanas estaban hechos con dedos de manos y pies humanos y la cerradura de la puerta de entrada era un hocico de animal lleno de afilados dientes. Vasalisa consultó con su muñeca y le preguntó:
—¿Es ésta la casa que buscamos?
Y la muñeca le contestó a su manera: 
—Sí, ésta es la casa que buscas.
Antes de que pudiera dar otro paso, Baba Yagá bajó con su caldera y le preguntó a gritos:
—¿Qué quieres?  
La niña se puso a temblar. 
—Abuela, vengo por fuego. En mi casa hace mucho frío... mi familia morirá... necesito fuego. 
Baba Yagá le replicó:
—Ah, sí, ya te conozco y conozco a tu familia. Eres una niña muy negligen- te... has dejado que se apagara el fuego. Y eso es una imprudencia. Y, además, ¿qué te hace pensar que yo te daré la llama? 
Vasalisa consultó con la muñeca y se apresuró a contestar: 
—Porque yo te lo pido. 
Baba Yagá ronroneó. 
—Tienes mucha suerte porque ésta es la respuesta correcta. 
Y Vasalisa pensó que había tenido mucha suerte porque había dado la respuesta correcta. 
Baba Yagá la amenazó: 
—No te puedo dar el fuego hasta que hayas trabajado para mí. Si me haces estos trabajos, tendrás el fuego. De lo contrario... —Aquí Vasalisa vio que los ojos de Baba Yagá se convertían de repente en unas rojas brasas—. De lo contrario, hija mía, morirás. 
Baba Yagá entró ruidosamente en su choza, se tendió en la cama y ordenó a Vasalisa que le trajera lo que se estaba cociendo en el horno. En el horno había comida suficiente para diez personas y la Yagá se la comió toda, dejando tan sólo un pequeño cuscurro y un dedal de sopa para Vasalisa.
—Lávame la ropa, barre el patio, limpia la casa, prepárame la comida, se- para el maíz aflublado del maíz bueno y cuida de que todo esté en orden. Regresaré más tarde para inspeccionar tu trabajo. Si no está listo, tú serás mi festín. 
Dicho lo cual, Baba Yagá se alejó volando en su caldera, usando la nariz a modo de cataviento y el cabello a modo de vela. Y cayó de nuevo la noche. 
Vasalisa recurrió a su muñeca en cuanto la Yagá se hubo ido.
—¿Qué voy a hacer? ¿Podré cumplir todas estas tareas a tiempo? 
La muñeca le aseguró que sí y le dijo que comiera un poco y se fuera a dormir. Vasalisa le dio también un poco de comida a la muñeca y se fue a dormir. 
A la mañana siguiente, la muñeca había hecho todo el trabajo y lo único que quedaba por hacer era cocinar la comida. La Yagá regresó por la noche y vio que todo estaba hecho. Satisfecha en cierto modo aunque no del todo porque no podía encontrar ningún fallo, Baba Yagá dijo en tono despectivo: 
—Eres una niña muy afortunada. 
Después llamó a sus fieles sirvientes para que molieran el maíz e inmedia- tamente aparecieron tres pares de manos en el aire y empezaron a raspar y triturar el maíz. La paja voló por la casa como una nieve dorada. Al final, se terminó la tarea y Baba Yagá se sentó a comer. Se pasó varias horas comiendo y por la mañana le volvió a ordenar a Vasalisa que limpiara la casa, barriera el patio y lavara la ropa.
Después le mostró un gran montón de tierra que había en el patio. 
—En este montón de tierra hay muchas semillas de adormidera, millones de semillas de adormidera. Quiero que por la mañana haya un montón de semi- llas de adormidera y un montón de tierra separados. ¿Me has entendido? Vasalisa estuvo casi a punto de desmayarse. 
—¿Cómo voy a poder hacerlo? 
Introdujo la mano en el bolsillo y la muñeca le contestó en un susurro: 
—No te preocupes, yo me encargaré de eso. 
Aquella noche Baba Yagá empezó a roncar y se quedó dormida y entonces Vasalisa intentó separar las semillas de adormidera de la tierra. Al cabo de un rato la muñeca le dijo: 
—Vete a dormir. Todo irá bien. 
Una vez más la muñeca desempeñó todas las tareas y, cuando la vieja re- gresó a casa, todo estaba hecho. Baba Yagá habló en tono sarcástico con su voz nasal
—¡Vaya! Qué suerte has tenido de poder hacer todas estas cosas. 
Llamó a sus fieles sirvientes y les ordenó que extrajeran aceite de las semi- llas de adormidera e inmediatamente aparecieron tres pares de manos y lo hicie ron.
Mientras la Yagá se manchaba los labios con la grasa del estofado, Vasalisa permaneció de pie en silencio. 
—¿Qué miras? —le espetó Baba Yagá.
—¿Te puedo hacer unas preguntas, abuela? —dijo Vasalisa. 
—Pregunta —replicó la Yagá—, pero recuerda que un exceso de conocimientos puede hacer envejecer prematuramente a una persona. 
Vasalisa le preguntó quién era el hombre blanco del caballo blanco.
—Ah —contestó la Yagá con afecto—, el primero es mi Día. 
—¿Y el hombre rojo del caballo rojo?
—Ah, ése es mi Sol Naciente. 
—¿Y el hombre negro del caballo negro?
—Ah, sí, el tercero es mi Noche. 
—Comprendo —dijo Vasalisa.
—Vamos niña, ¿no quieres hacerme más preguntas? ——dijo la Yagá en tono zalamero. 
Vasalisa estaba a punto de preguntarle qué eran los pares de manos que aparecían y desaparecían, pero la muñeca empezó a saltar arriba y abajo en su bolsillo y entonces dijo en su lugar: 
—No, abuela. Tal como tú misma has dicho, el saber demasiado puede hacer envejecer prematuramente a una persona. 
—Ah —dijo la Yagá, ladeando la cabeza como un pájaro—, tienes una sabiduría impropia de tus años, hija mía. ¿Y cómo es posible que seas así? 
—Gracias a la bendición de mi madre —contestó Vasalisa sonriendo. 
—¡¿La bendición?! —chilló Baba Yagá—. ¡¿La bendición has dicho?! En esta casa no necesitamos bendiciones. Será mejor que te vayas, hija mía —dijo empujando a Vasalisa hacia la puerta y sacándola a la oscuridad de la noche—. Mira, hija mía. ¡Toma! —Baba Yagá tornó una de las calaveras de ardientes ojos que formaban la valla de su choza y la colocó en lo alto de un palo—. ¡Toma! Llévate a casa esta calavera con el palo. Eso es el fuego. No digas ni una sola palabra más. Vete de aquí. 
Vasalisa iba a darle las gracias a la Yagá, pero la muñequita de su bolsillo empezó a saltar arriba y abajo y entonces Vasalisa comprendió que tenía que to- mar el fuego y emprender su camino. Corrió a casa a través del oscuro bosque, siguiendo las curvas y las revueltas del camino que le iba indicando la muñeca. Vasalisa salió del bosque, llevando la calavera que arrojaba fuego a través de los orificios de las orejas, los ojos, la nariz y la boca. De repente, se asustó de su pe- so y de su siniestra luz y estuvo a punto de arrojarla lejos de sí. Pero la calavera le habló y le dijo que se tranquilizara y siguiera adelante hasta llegar a la casa de su madrastra y sus hermanastras. Y ella así lo hizo.
Mientras Vasalisa se iba acercando a la casa, la madrastra y las hermanas- tras miraron por la ventana y vieron un extraño resplandor danzando en el bosque. El resplandor estaba cada vez más cerca y ellas no acertaban a imaginar qué podía ser. La prolongada ausencia de Vasalisa las había inducido a pensar que ésta había muerto y que las alimañas se habían llevado sus huesos y en buena hora.
Vasalisa ya estaba muy cerca de su casa. Cuando la madrastra y las her- manastras vieron que era ella, corrieron a su encuentro, diciéndole que llevaban sin fuego desde que ella se había ido y que, a pesar de que habían intentado re- petidamente encender otro, éste siempre se les apagaba. 
Vasalisa entró triunfalmente en la casa, pues había sobrevivido al peligroso viaje y había traído el fuego a su hogar. Pero la calavera que estaba contemplando todos los movimientos de las hermanastras y de la madrastra desde lo alto del palo las abrasó y, a la mañana siguiente, el malvado trío se había convertido en unas pavesas.


N. de la T.* Baba Yaga en ruso, literalmente, Mujer Hechicera.